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COMER MEJOR CUANDO HAY CÁNCER DE MAMA

Mika Mellark.

Porque cuidarse también empieza por la mesa…


Con motivo del Día Mundial contra el Cáncer de Mama, la Fundación Clínica Menorca quiere recordar que cuidar también significa acompañar, escuchar y atender las necesidades cotidianas de las pacientes y sus familias.

Cuando una mujer recibe un diagnóstico de cáncer de mama, surgen muchas preguntas. Algunas tienen que ver con el tratamiento y otras con algo tan cotidiano como la alimentación:

¿Qué puedo comer?, ¿hay alimentos que me convienen más?, ¿tengo que cambiar mi dieta? ¿Cómo puedo alimentarme si la quimioterapia me quita el apetito o me provoca náuseas?

En medio de tantas dudas, hay algo importante que conviene recordar: comer bien no significa seguir una dieta estricta ni renunciar a disfrutar de la comida. Significa ayudar al organismo a recibir los nutrientes que necesita, respetar lo que cada persona puede tolerar en cada momento y encontrar la manera de cuidarse también a través de la alimentación.

Aunque la alimentación no cura el cáncer ni sustituye a la quimioterapia, la radioterapia o cualquier otro tratamiento indicado por el equipo médico, sí puede convertirse en una aliada para mantener la energía, conservar la masa muscular y afrontar mejor algunas de las dificultades que aparecen durante el proceso.En ese momento hay una prioridad que no debemos olvidar: comer suficiente.

No se trata únicamente de elegir alimentos saludables, sino de aportar la energía y las proteínas que el cuerpo necesita para mantener su fuerza y recuperarse.

Por eso, no es el momento de iniciar dietas restrictivas por cuenta propia ni de eliminar grupos enteros de alimentos sin una indicación médica. Pero tampoco es necesario renunciar al placer de comer.

Las náuseas, los cambios en el sabor de los alimentos, la falta de apetito, las molestias digestivas o las dificultades para tragar pueden hacer que comer resulte complicado. En esos días, exigirse terminar un plato completo no siempre es la mejor solución.

A veces, pequeños cambios pueden marcar la diferencia: repartir la comida en varias tomas a lo largo del día, elegir preparaciones suaves, recurrir a cremas y purés cuando resulten más fáciles de tolerar o buscar alimentos que apetezcan y sienten bien.

También es importante beber suficiente líquido, especialmente cuando hay vómitos o diarrea. Si comer o beber se vuelve difícil, si se pierde peso sin querer o si las molestias persisten, conviene consultar con el equipo sanitario para valorar qué medidas pueden ayudar. Porque la alimentación debe adaptarse a cada momento, sin culpabilidad ni exigencias innecesarias.

No hay evidencia suficiente para afirmar que una dieta alcalina cure el cáncer ni que eliminar determinados alimentos consiga destruir las células malignas.

Tampoco el ayuno y las dietas muy restrictivas que pueden ser contraproducentes, especialmente si existe riesgo de desnutrición o pérdida de masa muscular.

Lo mismo sucede con los suplementos vitamínicos, los productos herbales y otros preparados que se anuncian como anticancerígenos, ya que algunos pueden interferir con los tratamientos.

En cuanto a los lácteos, no es necesario eliminarlos de forma general. Pueden aportar proteínas y calcio, aunque existen otras fuentes de estos nutrientes para quienes no los toleran o tienen alguna indicación específica para evitarlos.

Por tanto, durante el cáncer de mama, la alimentación no debería convertirse en una nueva fuente de angustia. Lo importante es encontrar, con el acompañamiento adecuado, la manera de alimentarse que mejor responda a las necesidades de cada paciente.

En algunos momentos será posible mantener una dieta muy variada; en otros, la prioridad será comer lo que se tolere y evitar la pérdida de peso.

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